Mi primo Wong, el chino feliz de Chinatown, mandó a buscarme a la oficina que había habilitado en Union Square de San Francisco, donde viviría en tanto durase el caso del pelotari/cocinero desaparecido una noche de bruma en el barrio de Castro. La última vez que le vieron iba con la txapela de campeón del Santo Cristo de Otadía envuelto en una bandera arco iris y montado en un carro de hipermercado que empujaba un homeless de Arlington, Virginia. Tras llegar al barrio de Misiones desaparecieron misteriosamente.

Mi nombre es Chu Alai, mi anterior trabajo lo desempeñé como intendente del frontón de Macao, por eso me llaman así, con ese nombre mezcla vascomandarín. Un cabrón cestapuntista de Berriatua me bautizó de esa manera, con esa socarronería aldeana que destilan en su País Vasco naif –tipo Darío de Regoyos–. En la actualidad me dedico a resolver entuertos detectivescos en cualquier lugar del mundo. Allá donde exista un misterio por desfacer allá que me voy. Mi red de familiares repartidos por los chinatowns del mundo hace posible que no me falte trabajo.

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