Mirza Delibasic, durante el final de la década de los setenta y comienzos de los ochenta, fue para los que disfrutamos entonces del baloncesto, bien jugando, bien entrenando o como meros espectadores, uno de los jugadores más elegantes, más efectivo (las metía todas), menos estridente y mejor pasador que hayamos visto nunca.
Para los que nunca han oído hablar de Delibasic diremos que quedó campeón de la Copa de Europa -ahora ULEB y antes Euroliga- con el Bosna de Sarajevo, campeón del mundo, olímpico y de Europa con una Yugoslavia de ensueño. Como el Madrid no podía con el Bosna  acabó fichando a su estrella, más tarde haría lo mismo con Petrovic y la Cibona de Zagreb. Mirza jugaba de alero, llegaba a los 40 puntos con facilidad -la canasta triple no existía- y metía pases al poste bajo que no se han vuelto a ver en las canchas. Era el hombre tranquilo del basket balcánico. La sangre plavi  ya se calentaba suficientemente con los geniales Kikanovic, Zoran Slavnic o más tarde con el irritante Drazen. Por aquella época sólo veíamos un partido a la semana por televisión, siendo una fiesta cada uno de ellos. Los jugadores se colaban en el salón de casa como si fueran de la familia. Eran los duelos inteligentes entre Corbalán y Pier Luigi Marzorati (bases); eran las posiciones ganadas debajo del tablero épicamente por Rullán o el eterno Meneghin (pivots); eran los misiles israelís de Miki Berkovitch, la infalibilidad de Walter Serzbiak, el momento clave de Epi; eran los tiempos muertos de las incipientes canas de Lolo y las veteranas del zorro de Gomelsky. O fue aquel salto a la grada de la Ciudad Deportiva del macabeo  Earl Williams en busca del forofo que le había lanzado una moneda, la dejó vacía en un santiamén. Héctor Quiroga -extinto comentarista- no salía de su asombro.
La NBA y los Dream Teams no existían para nosotros. Nos conformábamos con alguna visita de la Universidad de North Carolina al tradicional Torneo de Navidad, o con algún vetusto celuloide con los ganchos -después serían skye hook- de Lew Alcindor -después sería Kareen Abdul Jabbar- en la UCLA de Wooden. Rancias imágenes que nos conseguía el jesuita Juanjo Moreno mientras nos daba de mamar en el Tabirako de Durango la filosofía defensiva del marine   de West Point, Bobby Knight.
Vi a Mirza Delibasic en el Eurobasket 89 de Zagreb -ya retirado debido a una grave enfermedad- en el bar del Hotel Panorama. Echábamos una partida de mus y él se quedó clavado mirando nuestro juego farolero. Más tarde me comentaron que durante su estancia en Madrid se había convertido en un excelente muslari.  Estaba en la capital croata de comentarista para la Televisión yugoslava. Todavía recuerdo ese campeonato conseguido por Danilovic, Divac, los Petrovic, etc. frente a la Grecia clásica de Yacnakis y pop art  de Gallis, y recuerdo a más de catorce mil croatas gritando enfervorizados ¡¡¡Yu-gos-la-via!!! ¡¡¡Yu-gos-la-via!!!. Unos meses después llegaría el desastre, el dolor, la guerra entre ex-hermanos y el sufrimiento. Entonces nos enteramos que Kukoc era croata, que el grandioso Chosic era serbio, y que Mirza Delibasic era bosnio musulmán. Y ahora sabemos del infierno que padeció en Sarajevo nuestro mítico jugador, que ha visto morir amigos y familiares bajo las bombas y los francotiradores, él que lo era de la canasta rival.
Este reencuentro de hoy con Delibasic nos sirve para acercarnos levemente a unos años donde el baloncesto era mágico y adolescente. Unos años en los que conocíamos y soñábamos con jugadores de amplia huella. Luego llegaría la NBA, la ACB, la EBA, la LEB, la ULEB, los tremendos partidos diarios del Unicaja contra unos belgas… y el hastío. No me pregunten como se llama el base del Joventut, pero sí por aquel pase de Mirza Delibasic a Brabender cortando por el fondo mientras miraba impasible a la grada.

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