Recordó su infancia en los suburbios de la zona sur, a orillas del Cauca, y también recordó a su abuelo llevando la barriga floja debajo de la camiseta colorada, bamboleante sobre los pantalones azules que le apretan los tobillos sin calcetines. A su lado, su amigo Leonel apagaría el enésimo cigarrillo negro del día y una radio atronaría con rumbas añejas. Esto era su barrio, un basurero que esconde tesoros de lata, chapa, cartón y vidrio. En medio de una casucha llamada “Lolita”, su abuelo es dueño de un universo cartonero. En la puerta del habitáculo flamea una banderita del Deportivo de Cali. Su abuelo tiene ahora 72 años y vino de Manizales para buscar algo mejor y encontró el correr con el carrito tras la esperanza de cuarenta kilos de cartón. Delante de la casa del abuelo, el sendero sigue hacia atrás, hacia el río. Delante de su casa las vacas pastan adormecidas y los terneros esperan tiempos mejores. A los pies de la casucha las gallinas se alborotan. Luz tiene. Agua no. Tres tinancos de veinte litros almacenan lluvia para lavar la ropa. Para el resto suele caminar hasta la fuente, cerca del puente. Con el pensamiento puesto en su abuelo dieron las tres de la tarde y Filmar Lozano inició el paseíllo que abría la Feria de la Caña de Azúcar de Cali. El cielo prometía una tarde esplendorosa. Y el sol chorrea sobre las chimeneas de los ingenios azucareros, falso y hermoso. La leyenda violenta de su barrio irradiaba de muerte las esquinas donde los futuros sicarios crecían. Ahí, del otro lado del río, cruzando el puente comenzaba la tierra donde parecía reinar otra ley, o ninguna. Desde ahí hasta la Hacienda donde se casó Filmar, “El Cafetal de Oro”, había apenas 20 Kilómetros.

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El cartel de Cali

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