Se imaginan que los balcones de céntricas calles como la Gran Vía, la Avenida Insurgentes, la Diagonal o en barrios como Santutxu en vez de geráneos o begonias hubiese lechugas o tomates. O imaginemos también que en el 20 por ciento del terreno de los parques del Retiro, Central Park, los jardines Luxemburgo y de ese gran pulmón verde que es Hyde Park se cultivaran patatas, zanahorias, alcachofas, maíz, trigo y una extensa variedad de nogales, almendros, castaños y cerezos con sus ricos frutos. Pues esa es una posibilidad que está ahí, ya que si la permacultura se pone de moda o es asumida por los habitantes e instituciones de ciudades como Nueva York, Madrid, Barcelona, DF, Bilbao… éstas se pueden convertir en zonas agrícolas (hasta puede caer algo de la PAC). La permacultura se podría definir como “la agricultura permanente”. El concepto fue desarrollado en los años setenta por dos australianos, David Holmgren y Bill Mollison y consiste en el diseño y mantenimiento de pequeños ecosistemas productivos integrados armónicamente en el entorno de las personas y sus viviendas, proporcionando alimentos de una manera sostenible. Vamos como tener una huertita en el pueblo. La filosofía de la permacultura está basada en la idea de que los humanos somos “administradores” de la tierra, por lo que debemos planear soluciones a largo plazo para alimentar a la población, pero sin crear daños al planeta. La permacultura cuida la tierra y a las personas. En definitiva trabajar con y no contra la naturaleza. Este sistema se sustenta en la energía producida por el sol, el viento y el agua.
En un balcón de 2,5 metros de largo por 0,80 de ancho y con el sol dando desde las cinco y media de la tarde se pueden producir lechugas, tomates, alubia verde de enrame, perejil, menta y lavanda. Sólo se necesita un poco de imaginación, algunos datos orientativos respecto a qué y cómo cultivar, unos estantes, bidones de agua de 10 litros, un poco de paciencia y no mucha dedicación. Esto no quiere decir que dejemos de adquirir cogollos y alcachofas de Tudela o Calahorra, que siempre tendrán una calidad excepcional, pero si que alguna tarde de verano degustemos un tomatito cultivado en nuestro balcón que nos sepa a gloria. Lo de los frutos en nuestros parques y jardines puede ser más difícil, igual éstos no llegaban a madurar, o en las fiestas veraniegas junto a las almendras garrapiñadas de Briviesca se situarían unas furtivas del Parque Fluvial del Arga.

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